Tema de estudio

Cómo entiende la muerte un niño según su edad

Área
Desarrollo y comunicación

Los cuatro componentes del concepto de muerte, cuándo se adquiere cada uno y cómo cambia eso lo que se le puede decir y lo que se le debe preguntar.

Los cuatro componentes

Entender la muerte no es una idea única, sino cuatro ideas que se adquieren por separado y en momentos distintos. La irreversibilidad, es decir que el muerto no vuelve. La no funcionalidad, que el cuerpo muerto ya no siente, ni come, ni tiene frío. La universalidad, que le pasa a todos los seres vivos, incluido uno mismo. Y la causalidad, que existen causas concretas por las que se muere.

Un niño puede tener uno de estos componentes y no los otros, y ahí nacen la mayoría de los malentendidos. El niño de cinco años que sabe que el abuelo no va a volver puede seguir preguntando si en la tumba pasa frío, porque tiene irreversibilidad pero no no funcionalidad.

Menos de dos años

No hay concepto de muerte, pero sí hay percepción aguda de la separación, del dolor y de la ansiedad de los adultos que lo rodean. El lactante lee el estado emocional de su madre con enorme precisión.

Lo que ayuda: Presencia física constante, contacto piel con piel, voz conocida, rutinas estables y control eficaz del dolor. Lo que hace daño: Separaciones evitables y ambientes ruidosos e imprevisibles.

De dos a seis años

El pensamiento es mágico y concreto. La muerte se entiende como algo reversible y temporal, parecido al sueño o a un viaje. Es la edad del pensamiento causal mágico: El niño puede creer que la enfermedad es un castigo por haberse portado mal, o que él la provocó al enfadarse con alguien.

Por eso en esta edad hay que decir explícitamente y más de una vez que nadie tiene la culpa y que la enfermedad no es un castigo, aunque el niño no lo haya preguntado.

Hay que evitar sistemáticamente los eufemismos de sueño y de viaje. Decir que alguien se durmió para siempre produce miedo a dormirse; decir que se fue produce sensación de abandono y espera. Se usa la palabra murió, con calma y con explicación concreta de qué significa: Su cuerpo dejó de funcionar, ya no respira, ya no siente dolor.

De seis a doce años

Aparecen la irreversibilidad y la universalidad, y hacia los nueve o diez años el concepto ya es sustancialmente el del adulto. Es la edad de la curiosidad biológica concreta: Qué pasa con el cuerpo, qué es un ataúd, qué es incinerar, qué siente el que se muere.

Estas preguntas suelen escandalizar a los adultos y son perfectamente sanas. Responderlas con información concreta y veraz reduce la ansiedad; esquivarlas la aumenta, porque el niño concluye que la realidad debe de ser aún peor de lo que imagina.

También es la edad en la que aparece el miedo al dolor y a lo que pasará con los padres, más que el miedo a la muerte en abstracto. Merece la pena preguntar directamente qué es lo que más le preocupa.

Adolescencia

El concepto es completo y se le añade la dimensión existencial: El sentido, la injusticia, lo que se pierde, el futuro que no habrá. El adolescente entiende su pronóstico aunque nadie se lo haya dicho, y muy a menudo lo sabe antes que los adultos crean.

El conflicto característico es entre la autonomía que está construyendo y la dependencia que le impone la enfermedad. Cuando se le excluye de las decisiones, la reacción suele ser la retirada o el incumplimiento del tratamiento, no la protesta abierta.

Es esencial ofrecerle tiempo a solas, sin los padres, y preguntarle explícitamente cuánto quiere saber y cuánto quiere decidir. También es la edad en la que las herramientas de planificación anticipada escritas para adolescentes, del tipo Voicing My Choices, tienen más sentido.

La regla que atraviesa todas las edades

El niño enfermo tiene un concepto de muerte más maduro que el que le corresponde por edad. La experiencia de hospitalizaciones, de procedimientos y de otros niños que ya no vuelven adelanta la comprensión varios años.

Por eso nunca se decide lo que un niño puede entender a partir de su edad en el calendario, sino a partir de lo que él mismo dice y pregunta. La técnica más segura es devolver la pregunta antes de responderla: Qué has pensado tú sobre eso. La respuesta indica el nivel exacto en el que hay que situarse.

Puntos clave

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